Escritores como Julio Cortázar y Jack Kerouac, plasmaron en alguna de sus obras aspectos relacionados con el jazz, sin embargo, Cortázar sería el que más importancia le daría a la música; en el cuento “El Perseguidor”, narra los últimos años de vida del saxofonista Johnny Carter, una alusión clara al músico de jazz, Charlie Parker.

En uno de los libros más conocidos de Cortázar, “Rayuela”, hace varias referencias musicales que pueden identificarse claramente.
En 2001, la amante del jazz, Pilar Peyrats Lasuén editó “Jazzuela”, compilado que contiene 22 cortes que repasan los 9 capítulos de Rayuela, retoma las referencias musicales del libro y las coloca todas en un solo disco, la mayor parte tomadas de las escenas que transcurren dentro del “Club de la serpiente”.

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El disco recopila canciones de las que hay referencias claras en varios de sus capítulos:
“Jelly Roll estaba en el piano marcando suavemente el compás con el zapato a falta de mejor percusión, Jelly Roll podía cantar Mamie’s Blues hamacándose un poco, los ojos fijos en una moldura del cielo raso, o era una mosca que iba y venía o una mancha que iba y venía en los ojos de Jelly Roll. Two-nineteen done took my baby away… “(Cap.17)

Algunas personas piensan que Julio Cortázar era un músico frustrado, probablemente si, él mismo hace una referencia en su libro “Clases de Literatura: Berkeley, 1980”:

“En mi caso soy una víctima de mi vocación porque en realidad yo nací para ser músico pero me pasó una cosa cruel: se ve que de esas hadas que echan bendiciones y maldiciones en la cuna del niño que nace, hubo una que decidió que jamás sería capaz de manejar un instrumento musical con alguna eficacia y además carecería de la capacidad que tiene el músico para pensar melodías y crear armonías”.

En general, la obra de Julio Cortázar se disfruta por su narrativa y la riqueza
de sus historias, pero se puede disfrutar más si se tiene conciencia de la música que el autor quería compartir con sus lectores, la música que probablemente escuchaba mientras tecleaba algunas líneas de su narrativa, mientras su gato “Teodoro W. Adorno” dormía.