En las radios y tocadiscos de Alemania, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Sudamérica, sonaban incesantes los acordes La Revo La Revolución de Emiliano Zapata y su debut del mismo nombre, un álbum de origen mexicano, que con los años se volvió objeto de culto.

El vocalista, un tal Óscar Rojas, cantaba en un inglés pobre pero entendible, mientras que las electrificadas figuras guitarrísticas, a cargo de Javier Martín del Campo, destilaban una esencia cadenciosa e irresistible que mucho le debía a The Grateful Dead y especialmente a Creedence y su famoso sonido Bayou.

De aquellas canciones, había una en especial que sobresalía por sus hipnóticas frases de guitarra, requintos y coros. Hoy en día es todo un clásico: “Nasty Sex”. Sexo sucio. Obsceno. Grasiento. Así como lo era el rocanrol de 1971, que apenas se iba filtrando a México y otros países.

Se dice que “Nasty Sex” surgió mientras el grupo palomeaba justamente con “Born on the Bayou”, de los Creedence. A lo largo de sus siete minutos y medio de duración (inusual para la música mexicana de la época), Rojas no logra esconder su acento latino, pero justo ahí reside buena parte del encanto de la pieza.

A lo anterior se suman pasajes instrumentales, kilométricos solos de guitarra y una letra que es un signo manifiesto de la revolución juvenil y sexual que se había estado gestando desde la década anterior a la publicación de esta obra.

Los tiempos estaban cambiando, tal como rezaba Bob Dylan. Los valores y corrientes de pensamiento mutaban y se reconfiguraban. Las brechas generacionales eran cada vez más altas y las viejas formas de pensar se hacían cada vez más obsoletas. Y aunque el sueño hippie había muerto ya, la cruda realidad le pertenecía a una nueva generación que había reclamado y tomado su lugar en este mundo.

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