“Azul”  – Real de Catorce, Real de Catorce (1987)

En medio de la calle, apenas alumbrada por una tenue luz roja proveniente del tugurio más sucio de la ciudad, irrumpen sucesivamente cuatro acordes idénticos, como una ráfaga de metralleta que masacra el silencio a quemarropa y se abre paso entre el aire viciado por el humo de cigarrillo.

La dosis se repite. Luego una tercera y hasta una cuarta vez. La voz de José Cruz Camargo se manifiesta y transmuta en la de Virgilio. En su compañía, nos insta a descender unos cuantos círculos del infierno: a los Sullivans, a las Calzadas de Tlalpan, a los Garibaldis.

Aquellas pocilgas públicas, cunas de la decadencia y donde el amor está al alcance de una módica cantidad, son el escenario de un evocador blues en tono menor, a la vieja usanza.

El poeta capitalino, lejos de avergonzarse por narrar a detalle sus experiencias dentro de estas esferas, se regodea y las recrea con suma elegancia, a través de sus recuerdos.

Con inusitada carga erótica, los requintos y solos de guitarra envuelven los certeros versos de Camargo, que lo evidencian como un auténtico bluesman y un letrista muy por encima del nivel de sus coetáneos.

«Azul
y una voz que entristece al cantar
reteniendo en su lecho las sombras
esas sombras que besan y luego se van.
Una fotografía
una línea en la mano
que quiere borrar»

La canción toda es un derroche de solvencia técnica, de sensibilidad compositiva e interpretativa, en la que el tono azul sugerido en su nombre se torna más bien rojizo por el destello de las luces de los congales.

Es la canción que inaugura la trayectoria discográfica de Real de Catorce. Un blues mestizo que enaltece el sexo más sucio al estatus de sagrado, que embellece y alivia el rostro más desfigurado. Un remanso para las conciencias más atormentadas.