A él y a su pareja les prometieron una vida mejor. Se les dijo que podían obtener una existencia más llevadera, con menos carencias y más oportunidades. Un nuevo comienzo.

Pero aquello no resultaría tan sencillo. Para conseguirlo habrían de viajar más lejos que nunca, a un territorio desconocido ubicado a miles de kilómetros del cerro que los vio crecer.

Con lo que no contaban era que, para alcanzar su anhelo, tenían que enfrentarse a la bestia más hostil de todas, un auténtico Kraken. Su nombre era Ciudad, su apellido compuesto, de México.

Al llegar a su destino, encontraron que el monstruo no era un ente, sino un lugar. Su nuevo hogar.

Para desplazarse dentro de éste tenían que introducirse en sus arterias anaranjadas. Mas hubo un coágulo en específico, una tal estación de Balderas, que le jugó a nuestro protagonista una mala broma: le arrebató a su acompañante para jamás devolvérsela.

La buscó por todos lados; preguntó por ella. Ambos desconocían qué eran los teléfonos y para qué sirven. Tampoco sabían leer.

Años transcurrieron. No tuvo noticia alguna de ella ni de su paradero.

Luego de usarlo todos los días, supo que aquél otro monstruo subterráneo se llamaba Metro. Sus vagones lo parían una y otra vez, entre tumultos, empujones y compuertas que se dilataban para alumbrarlo a él y a muchos otros, día tras día.

No importaba cuántas veces renaciera, su ciclo vital era el mismo: se despertaba, iba al trabajo y volvía a su refugio. Enjuague y repita.

El recuerdo de su amada lo atormentaba todos los días. No podía olvidarla, mucho menos reemplazarla. Su cabeza era una bomba de tiempo.

Pero un día decidió romper el círculo. Atentó contra el ciclo perfecto, el implacable engranaje: a punta de pistola, amagó uno de los convoyes de la bestia anaranjada. El pánico se propagó por el sistema nervioso de la criatura, sus demás células entraron en pánico.

El resto de la historia la escribió Rodrigo González hace tres décadas. Suena la armónica, el tiempo se detiene.