El clavadista Joaquín Capilla volvió a ser protagonista en una justa olímpica, y fue en Melbourne, Australia, en 1956, donde supo que era su mejor momento y demostró el poder de los saltos ornamentales y así conseguir oro y bronce en esta justa olímpica.Así que a sus 28 años de edad, el saltador capitalino estaba dispuesto a dar su máximo esfuerzo para conseguir otra medalla olímpica, bronce en Londres y plata en Helsinki.

La prueba en la que iría ahora el joven Capilla Pérez era el trampolín de tres metros. En su camino a la alberca Melbourne platicó con su hermano Alberto y con el joven Juan Botella, quien ya estaba dispuesto a saltar desde cualquier altura.

Sin imaginar, fue el único competidor mexicano en regresar al país con medalla, fue en busca del podio y con saltos dudosos, propició que estuviera por debajo de los estadunidenses Robert Clothworthy y Donald Harper.

Sus ejecuciones fueron tan malas que en uno de ellos cayó de espaldas y la posibilidad de medalla se alejaba. Tal vez la confianza de ser subcampeón, como fue cuatro años atrás, hizo que se confiara. Sin embargo, su coraje y garra hicieron que se recuperara.

No falló y en tan sólo tres saltos estuvo de nuevo en la pelea por las medallas, pero los estadunidenses ya estaban muy por encima de él. Así que sólo quedaba no perder el equilibrio para quedarse con el bronce.

Pero no sólo eso estaba pensado en la cabeza de Joaquín Capilla, ya que en la plataforma de 10 metros, que fue la segunda prueba de la justa olímpica en la que tomó parte, se enfrascó en un duelo con los también norteamericanos Richard Connor y Gary Tobian.

Tras una jornada intensa, el mexicano ejecutó el salto de vuelta y media al frente con doble giro que lo hizo de manera magistral para quedarse con el oro. Sumó 152.44 puntos para el título olímpico, y dejar con la plata a Tobian con 152.41 y con el bronce a Connor con 149.79.

NTX